Como profesor de educación infantil en la red de enseñanza pública, me he estado planteando la práctica de denominar «el suelo de la escuela» al trabajo que realizan las profesoras y los profesores de educación infantil. Este término puede llevarnos por diversos caminos de reflexión, ya que el «suelo» puede remitirnos a un espacio donde pisamos, donde el cuerpo entra en contacto con el suelo, donde los juegos y las actividades lúdicas se potencian gracias a esos cuerpos, pero también puede remit…
Read moreComo profesor de educación infantil en la red de enseñanza pública, me he estado planteando la práctica de denominar «el suelo de la escuela» al trabajo que realizan las profesoras y los profesores de educación infantil. Este término puede llevarnos por diversos caminos de reflexión, ya que el «suelo» puede remitirnos a un espacio donde pisamos, donde el cuerpo entra en contacto con el suelo, donde los juegos y las actividades lúdicas se potencian gracias a esos cuerpos, pero también puede remitirnos a la descripción de un espacio filosófico y conceptual, donde los niños y niñas viven sus experiencias, donde los conceptos se transforman en vivencias, uno de los lugares de existencia para que estos pequeños se formen como potenciales seres... El suelo es un lugar de pertenencia para aquellas y aquellos que aún no se comportan con la madurez exigida por la sociedad capitalista y, más aún, es el territorio habitado por aquellas y aquellos a quienes consideramos niños. Intentaremos distinguir, en este trabajo, quiénes son aquellas y aquellos que ocupan estas dos percepciones que tenemos sobre «el suelo de la escuela». Partiendo de autores de la filosofía de la diferencia como Deleuze, Guattari y Foucault, y recurriendo a los escritos sobre la infancia de Leite y Kohan, analizaremos las posibilidades de este «suelo» a través de las agencias, las potencias y los afectos que se constituyen en este espacio.